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domingo, 10 de noviembre de 2013






JAVIER BIOSCA AZCOITI


VARIAS HISTORIAS DE ACOSO Y DISCRIMINACION
No sabia u era gay no quería serlo
ACOSO ESCOLAR
«No sabía si era gay, pero no quería serlo»
Cuando la identidad y orientación sexual no se ajusta a la norma, el colegio e instituto son etapas difíciles, crueles y llenas de sufrimiento. La gran mayoría de estudiantes homosexuales, bisexuales y transexuales se ven obligados a esconder su condición al resto de compañeros

La hora de Música era el momento en el que cada alumno tenía que expresarse. Así lo requería el profesor. Aquel día le tocó el turno a David (nombre ficticio). Cursaba 4º de la ESO. Explotó. Exclamó entre lágrimas:
Soy gay. No aguanto más. No lo sabe ni mi familia.
La clase le aplaudió, pero el final no es siempre tan emotivo. Miles de estudiantes con una orientación o identidad sexual diferente a la norma preestablecida viven escondidos durante su paso por el colegio e instituto. Incluso, son frecuentes el acoso y la exclusión. El 71% de los homosexuales y bisexuales menores de 25 años confiesa haber recibido insultos, y un 41% haber sido víctima de violencia física (desde empujones a palizas). Además, el 43% de los jóvenes acosados llegó a tener pensamientos suicidas.
«Te avergüenzas de ti mismo»
Marcos, de Tenerife, tiene 22 años y estudia Ciencias Políticas.  Es tajante al hablar de este tema: «O sales a base de hostias o no sales». «Desde pequeño tenía 'pluma'», cuenta. Recibía insultos de sus compañeros de colegio (privado y religioso), pero él ni siquiera sabía que era homosexual. «Te machacan tanto que acabas sintiendo vergüenza de ti mismo. No sabía si era gay, lo que sabía era que no quería serlo».
A los 15 años, Marcos se aceptó como homosexual, una vez salió del colegio. Aun así, no lo dijo abiertamente hasta que terminó Bachillerato. «Yo llevaba una doble vida. Le decía a mis amigas que iba al gimnasio y me cogía un autobús al centro para ir a sitios con ambiente».
Su caso no es aislado. Según un estudio realizado por el Colectivo de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales de la Comunidad de Madrid, un 81% de los alumnos homosexuales o bisexuales entre 12 y 17 años ocultan su condición a sus compañeros.
«Me pegaron por mi culpa»
Billy Cantos es ecuatoriano, tiene 17 años y llegó a España hace tres. Con 11 tuvo su primer novio y se dio cuenta de que era homosexual. Billy, que era el nuevo de clase, le confesó a una compañera su orientación sexual. Ella se lo dijo a todo el instituto y empezaron los problemas. «Creía que era mi amiga», reconoce. Los insultos y el abuso duraron todo el primer año.
«Me pegaron, pero fue por mi culpa, por querer defenderme», cuenta Billy. La humillación es tal que estos jóvenes llegan a sentirse culpables  por su homosexualidad. Según el estudio de la Federación LGTB, el 28% de los acosados desarrolla estos sentimientos.
El colegio, «la peor experiencia de mi vida»
Steffany Rodríguez tiene 16 años, acaba de terminar 1º de Bachillerato y es transexual. Ha empezado  con el proceso de hormonación hace poco más de un mes y su DNI todavía no refleja su identidad real. Nació como él, pero es ella. «A los cinco años yo ya tenía claro que me gustaban los chicos y me gustaba hacer cosas de chicas».
Steffany salió del colegio como un chico y ha empezado el Bachillerato como tal. Durante este curso, en una clase de tutoría, armada de valentía y delante de toda su clase, dijo que no era la persona que creían conocer, sino que era una chica y se llamaba Steffany. «Estoy súper a gusto con mis nuevos compañeros».
Pero no todo fue siempre tan fácil. Hasta 4º de la ESO fue una angustia continua. Le tiraban piedras, insultos, le pegaban a la salida… «El colegio ha sido lo peor que me ha podido pasar en la vida. Llegué a pensar cosas de las que ahora me arrepiento», reconoce Steffany. «Recuerdo que una vez se discutió en público cómo debía llevar el pelo. Incluso si me lo tenía que cortar. Todo el mundo opinaba», añade.
Como tantos otros, ella vivía escondida en otra piel. No se lo dijo a sus padres hasta terminar el colegio, ahora hace un año. «Antes aprovechaba cuando no estaban para esconderme en el baño, maquillarme y vestirme con ropa de mi madre».
‘Sexilio’
Estos jóvenes acosados por su orientación o identidad sexual han tenido que vivir durante su ciclo formativo fingiendo ser lo que no eran. Muchos han cambiado de ciudad para poder vivir tranquilos. Es lo que se conoce como ‘sexilio’.
«La universidad es otro mundo, no es la misma gente de siempre, no te conocen», cuenta José Tomás, estudiante de 4º de Periodismo. Marcos, con 15 años, iba a Madrid a visitar a su hermana y reconoce que aprovechaba para «‘perderme’ e ir a Chueca (barrio conocido por su ambiente homosexual)». Se enamoró de la capital cuando vio chicos de la mano por la calle y, desde entonces, quiso estudiar ahí la carrera. «Barcelona y Madrid son oasis. Mi caso es ‘sexilio’ clarísimo».
«Algo natural y secundario»
No todas las experiencias en institutos y colegios son malas. Cristina Moreno, de 22 años cree que ha tenido suerte. «Mi caso no ha sido traumático y tampoco iba alardeando de mi orientación sexual, es algo natural y secundario».
José Tomás tampoco fue víctima de acoso. «Mis padres lo sabían, pero mis compañeros de colegio e instituto no. No tenía una gran vida social y tampoco sentía la necesidad de decirlo. Es algo privado e íntimo».
Este futuro periodista recuerda una mala experiencia en clase de Educación Física, cuando el profesor le llamó «palomín». Cuenta también que a pesar de no haber sido acosado, «en las típicas riñas de críos siempre se acudía al insulto fácil de maricón o bujarra». Según estudios un 11% de aquellos que recibieron acoso escolar homofóbico, lo fue por parte de algún profesor.
La ignorancia
En una de esas charlas sobre sexualidad «pobres y cutres» que recibió Marcos en el instituto, preguntaron: ‘¿Hay riesgo en las relaciones sexuales entre hombres?”’. «Yo no sabía si levantar la mano porque si lo hacía me iban a juzgar. Pero la levanté, dije que sí y expliqué el porqué».
«Mi vida habría cambiado si hubiese recibido una charla seria sobre homosexualidad porque no tenía referentes y nunca los había visto», asegura Marcos. «En clase no te cuentan que Alejandro Magno estaba enamorado de un hombre o que Ricardo Corazón de León era homosexual», sentencia.
Por esta carencia, muchos recurren a internet para conocer a gente como ellos. Escapan de su realidad para hablar y saber que no están solos. «A mí me salvó internet, pero también tiene su parte oscura. Yo tuve mucha suerte con quien quedé, encima yo era menor».
Steffany, al llegar a su nuevo centro, ha insistido a directores y profesores que era necesario impartir clases sobre orientación e identidad sexual. Después de varios intentos, ha logrado que se impartan estos cursos a los alumnos de 1º de Bachillerato. «El tema de conversación principal fui yo».
Detrás de cada identidad y orientación sexual diferente a la norma hay nombres y apellidos. Muchos de estos rostros viven acosados y marginados. Otros tienen que esconderse en algo tan feo, arcaico y cruel como es el 'armario'.


lunes, 4 de noviembre de 2013


Familias en transición de género

Padres de niños transexuales, en lugar de ignorar su identidad sexual como era habitual en el pasado, ayudan a sus hijos para que sea respetada


Los menores transexuales suelen sufrir rechazo en el colegio. / GARCÍA-SANTOS
Ángela recuerda con pesar aquellas navidades, una tras otra, en las que los Reyes Magos cumplían escrupulosamente con las peticiones de sus dos hermanos, pero desatendían las suyas. Ni el maletín de la señorita Pepis, ni la muñeca sin pelo, ni la de la melena rubia. Al lado de sus zapatos apareció un año una espada de romano; otro, un futbolín; otro, la equipación del Athletic de Bilbao. La hija de M. no ha cumplido cinco años, pero ya el pasado consiguió por primera vez que los Reyes no le dejaran coches y camiones como otras veces sino la muñeca, el carro y la cocina que había puesto en su carta. “Ahí ya le noté el cambio, estaba loca de alegría”, recuerda su madre, que en los meses previos había convencido a la familia para que no le regalaran “cosas típicas de niño”.
Entre las frustrantes navidades de Ángela y las felices de la hija de M. han pasado más de 35 años. Las dos nacieron con genitales masculinos, pero en circunstancias muy distintas. A Ángela le llovían los gritos cuando se ponía la ropa de su hermana y la hija de M. le da las gracias a sus padres cada vez que le compran un vestido o unas horquillas para el pelo. Ángela tuvo que vestir uniforme masculino hasta los 17 años y la hija de M. es una alumna más de su clase de tercero de Infantil en un colegio concertado religioso de un pueblo del cinturón metropolitano de Sevilla. Ángela se fue de casa con 19 años para poder vivir como una mujer y M. ha hablado con los profesores y los padres del colegio de su hija para pedirles que la llamaran por su nombre femenino, le dejaran vestir el uniforme de niña y utilizar el baño de las chicas.
La petición conjunta de una docena de padres y madres de Andalucíapara que los centros escolares respeten la identidad de género de sus hijos transexuales ha sacado a la luz la lucha que mantienen decenas de familias para que sus niños puedan vivir de acuerdo al sexo con el que se identifican. Un apoyo del que no disfrutan todos los menores que pasan todavía por esta situación y que no tuvo casi ninguno de los que hoy son transexuales adultos. “Ahora veo a los niños, cómo les ayudan sus padres, lo felices que son, y me da mucha envidia, pero también esperanza”, admite Marco Arias, de 34 años. “Nosotros hemos tenido que hacer casi todos la transición fuera de tiempo y fuera del entorno familiar”.

Una asociación estatal agrupa a 55 hogares con hijos transexuales
La “transición” es ese momento en el que los transexuales dejan atrás socialmente el papel masculino o femenino en el que se han visto obligados a vivir hasta entonces. Marco la hizo con 30 años, no solo por falta de apoyo familiar sino porque ni él mismo sabía que el rechazo que sentía hacia su cuerpo femenino y la conciencia clara de que era un hombre tenía un diagnóstico: transexualidad. “Es que yo no conocía qué era eso. Llevaba toda la vida sintiéndome un hombre, pero no sabía qué me pasaba”, dice.
Hasta 2009 la de Marco fue “una vida infeliz”. Se crió en un municipio de más de 40.000 habitantes de la provincia de Cádiz en el que las vecinas le decían a su madre que la niña le había salido “muy marimacho”. Iba a un colegio católico femenino y pasó por varios psicólogos, pero no porque la familia pensara que podía tener un problema de identidad de género sino porque sacaba malas notas y tenía un carácter “difícil”, un rasgo muy habitual en los menores transexuales antes de hacer la transición.
Hace cinco años conoció a varios transexuales en un viaje a Barcelona y, a partir de ahí, fue poniendo en orden su vida. Su familia se negó a ayudarle y contactó con la Asociación de Transexuales de Andalucía Silvia Rivera (Ata), donde encontró información, apoyo y referentes. “Fue mi nacimiento. Si no es por ellos no sé qué hubiera pasado”, admite.
En Ata coinciden hoy adultos con 30, 40 o 50 años que buscan el apoyo que no han encontrado en su familia y padres de niños que quieren ayudar a sus hijos transexuales pero no saben cómo hacerlo. “Yo he notado una gran apertura en la sociedad. Cada vez hay más información y también un amor y una defensa de la libertad y los derechos del hijo que antes no existían”, cuenta Mar Cambrollé, que en 2007 fundó la asociación andaluza con un grupo de mujeres transexuales.


Carolina, Yara y Marco viven ahora de acuerdo a su identidad sexual. / J. ROJAS
Ella, como muchas de sus compañeras, tuvo que irse de casa siendo adolescente. “En los años setenta estábamos condenadas a salir de casa, con lo que eso conlleva de desarraigo familiar, abandono de los estudios y que, en muchísimos casos, hubiera que recurrir a la prostitución para sobrevivir”, cuenta. Ata nació pensada para los transexuales adultos, pero poco a poco fueron aumentando los casos de familias que llamaban buscando ayuda tras peregrinar por psicólogos, pediatras y unidades de salud mental. La asociación andaluza acabó creando un área de familia y menores de la que, hace unos meses, surgió la Asociación Estatal de Familias de Menores Transexuales (Chrysallis), que hoy reúne a alrededor de 55 familias de toda España.
“El principal problema aquí es que no sabes por dónde empezar”, cuenta G., madre de un niño de nueve años nacido con genitales femeninos. Todavía se le entrecorta la voz cuando recuerda una conversación que mantuvo con su hijo cuando tenía siete años. “Mamá, yo no sé si tu y papá me vais a seguir queriendo, pero es que soy un niño, no una niña”, le confesó el pequeño. “Muy bien, yo ya lo sabía”, respondió G., que para entonces había asumido que el rechazo que sentía su niña hacia su cuerpo femenino no era un capricho pasajero. En la misma conversación, el niño le contó que se había enamorado de una niña llamada Rosario. “Me eché a llorar por lo fuerte y valiente que había sido”, recuerda G., que a partir de ese día se propuso acompañar a su hijo para intentar allanarle el camino.
No ha sido fácil. El pequeño, que vive en un municipio costero de Málaga, acaba de cambiar de colegio después de “un infierno” de dos años en su anterior centro, en el que tuvo que soportar “auténticas burradas”, lamenta la madre. “Los profesores se reían y el niño no tenía amigos. Yo me acercaba de vez en cuando a la hora del recreo y lo veía temblando, solo, sentado en un escalón”, recuerda G., que ha denunciado ante los tribunales el trato que recibió su hijo en aquel centro.
En el nuevo colegio el niño ha empezado una nueva vida en la que solo los profesores saben que es transexual. La orientadora le ha propuesto explicárselo a los demás niños, pero el pequeño prefiere esperar. “Lo ha pasado tan mal que aunque ahora es feliz no se siente seguro”, explica la madre. “Me dice que quiere contarlo, pero cuando todos le conozcan y le quieran tal como es”.

“Veo cómo ayudan los padres a los niños y me da envidia”, dice Marco
El miedo a la reacción de los compañeros del colegio es la razón fundamental que arguye el obispado de Málaga para negarse a respetar la identidad de género de una niña de seis años que estudia en un colegio concertado gestionado por una fundación diocesana. Pero los profesionales que trabajan con menores transexuales y las familias de los niños aseguran que los pequeños suelen ser los que aceptan la transición de una manera más natural. “Los niños tienen menos prejuicios que los adultos. Si se ríen casi siempre es porque lo ven en sus mayores. Hay casos de bullying transfóbico en los que, cuando escarbas, ves que es por información que escuchan de los adultos”, señala la psicóloga Maribel García, directora de Artea, un centro sevillano de psicología y sexología acostumbrado a tratar a menores transexuales y sus familias.
V. escuchó hace un año una conversación entre su hijo mayor, de 11 años, y un amigo al que no veía hace tiempo. “¿Pero tú no tenías dos hermanos?”, le preguntó el amigo al verle con un hermano y una hermana. “Sí, pero es que al final ella era una niña”, respondió el chico. “Ah, claro”, contestó el amigo. “Y siguieron con sus juegos”, recuerda V. Su hija, una niña transexual de nueve años, va a clase desde hace tres como una alumna más en un colegio público de un municipio del sur de Madrid. “Hablamos con el colegio y no ha habido problema. Problemas había antes, cuando la niña tenía que entrar al baño de los chicos y los compañeros le decían que qué hacía allí, que ella era una niña”, recuerda la madre.
Cuando se le pregunta a Carolina Ferrer, de 54 años, qué piensa al ver a estas familias desviviéndose hoy por sus hijos transexuales, responde con un lamento: “¡Cuánto me hubiera gustado estar en sus zapatos!”. Carolina tiene 54 años y hace solo dos que reunió fuerzas para decirle a su madre que es una mujer. A su padre no se lo ha dicho todavía. “No quiero decírselo. A lo mejor lo entiende, pero es mayor y me da miedo que no sea muy bueno para su salud”, asume. Carolina nació en Santiago de Compostela, aunque ha vivido entre Puerto Rico, de donde es natural su padre, y Sevilla, donde vive su madre.
“Yo sabía que era una mujer, pero lo ocultaba porque era consciente de los problemas que me iba a traer. No he sido muy feliz, siempre en una burbuja, aislada, sin amigos”, cuenta. De la capital andaluza se fue a principios de los ochenta para evitar hacer el servicio militar, pero volvió en 1999 dispuesta a vivir como mujer. Y, poco a poco, lo ha logrado. “Mi madre lo va aceptando. Era muy reticente, pero ya lo tiene asumido al 99%. Me llama ya por mi nombre”, dice con orgullo.

La siguiente batalla: los bloqueadores

La hija de V., nacida con genitales masculinos, vive desde hace tres años como una niña. Terminada la transición de género, lo que más preocupa a la familia es que pueda acceder a bloqueadores hormonales, un tratamiento que frena la pubertad y el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios, como la barba en los hombres o el crecimiento del pecho en las mujeres. De las nueve unidades de género que hay en España, solo las de Cataluña y Andalucía emplean los bloqueadores en casos excepcionales.
V. vive en Madrid, donde, por ahora, la sanidad pública no financia este tratamiento. “Para mí es muy importante que no se le ponga voz de chico ni le salga nuez. Sería un sufrimiento enorme”, explica su madre. Pero su situación no es facil. “Yo no me puedo permitir pagarlos por lo privado, así que me temo que nos tendremos que embarcar en otra lucha”, augura.
La administración de bloqueadores a los preadolescentes es una de las reivindicaciones que los transexuales quieren que se incluyan en las leyes autonómicas. “Estos tratamientos, que son reversibles, se ponen a niñas con pubertad precoz. Sin embargo, se niegan a los transexuales. Por eso denunciamos que existe una discriminación”, explica Mar Cambrollé, la presidenta de la Asociación de Transexuales de Andalucía. Miguel Ángel Cueto, secretario general de la Federación Española de Sociedades de Sexología, admite que existe “controversia” al respecto. “A mí me parece bien, pero hay aún un debate científico. Habría que analizar caso por caso”, apunta Cueto.
En esa delicada fase de limar asperezas con la familia sigue sumida Yara Goreira, de 27 años. Se fue de casa con 15 para poder vivir en femenino y a los 17 decidió dejar también atrás su país. “En Brasil no tenía referentes. Necesitaba libertad, realizarme lejos de la gente que me conocía”, cuenta. Hoy ha conseguido vivir como quería, pero le falta un paso que para los transexuales es fundamental: cambiar el nombre en el DNI o el pasaporte.
La Ley de Identidad de Género permite, desde 2007, a este colectivo cambiar el nombre y el sexo en el DNI sin necesidad de someterse a una operación genital y sin procedimiento judicial, pero los inmigrantes no nacionalizados tienen que hacerlo en su país. “En Brasil es muy difícil cambiarlo, como aquí hace años”, explica Yara, que reivindica que la futura ley de transexualidad andaluza contemple una tarjeta identificativa con un nombre acorde con la identidad de género mientras dura el proceso de cambio de la documentación oficial y al margen de su nacionalidad.
La ley de transexualidad del País Vasco, aprobada en 2012, regula la existencia de un documento similar. Junto con la de Navarra, en vigor desde 2009, son las únicas aprobadas hasta ahora en España. El PSOE de Madrid registró este año en la Asamblea un proyecto de ley, pero no se ha tramitado, y el Gobierno de coalición de PSOE e IU en Andalucía se comprometió a aprobar la suya en el primer periodo de la legislatura, pero tampoco lo ha hecho. El objetivo del colectivo transexual es que las futuras normas no se inspiren en la vasca y la navarra, que regulan sobre todo la atención sanitaria, sino en la argentina, aprobada en 2012, que se convirtió en la primera del mundo en no tratar la transexualidad como una patología.
Síntomas claros de una enfermedad es también lo que, según las familias, buscan muchos psicólogos cuando se enfrentan por primera vez a un niño transexual. Los menores obligados a vivir socialmente en un género con el que no se identifican suelen mostrarse apocados, tristes, rebeldes. “Mi hija rechazaba el colegio, no avanzaba, salió del segundo año sin saber ni una letra”, cuenta M. Su niña fue a clase como un niño los dos primeros cursos de infantil y en el centro informaron a los padres de que tenía “retraso madurativo”. Este curso, el colegio dio el visto bueno para que acudiera como una alumna y su madre aún no se cree el cambio: “Está feliz, va por la letra s y lo primero que nos dice por la mañana es que nos quiere”.

sábado, 12 de octubre de 2013


OCTUBRE 2013
SOCIEDAD › ENTREVISTA A LA MADRE DE LULU, LA NENA TRANS DE 6 AÑOS QUE HOY RECIBE SU NUEVO DNI

“La vi sufrir como no quiero volver a verla”

Por primera vez, Gabriela decide aparecer en una foto. Esta tarde, el gobierno provincial le dará a su hija el documento con el cambio de género. Aquí, la mujer cuenta su batalla y los padecimientos para lograr ese derecho. Y lo que significa el nuevo DNI para la niña.
 Por Mariana Carbajal
“Me dolió mucho escuchar ciertos comentarios en la televisión: llegaron a decir que yo inducía a mi hija a ser nena. Yo invito a cualquier mamá que tiene un nene de 4, 5 o 6 años, a que le ponga un vestido, lo saque a la calle y le cambie el nombre, a ver cuánto tiempo ese nene tolera que cambien su identidad. Mi nena no solo sale a la calle, va al jardín y pide que se la respete”, dice Gabriela Mansilla, la mamá de Lulú, la niña transgénero de 6 años, que hoy, en un hecho histórico, recibirá su nuevo DNI acorde con su identidad femenina, luego de que el Registro de las Personas de la provincia de Buenos Aires diera marcha atrás en su negativa a modificar los datos registrales de la pequeña de la partida de nacimiento. En una entrevista exclusiva de Página/12, Gabriela explicó la importancia del documento para su hija y respondió a quienes, desde algunos programas de radio y televisión, la cuestionaron por acompañar a Lulú en este camino. “Para todo el mundo que dice que yo necesito un psicólogo, le digo que hace cuatro años que estoy con acompañamiento psicológico y psiquiátrico. No porque yo tenga algún problema, sino porque necesito que me den herramientas y me digan cómo proceder”, frente a una niña como Lulú, que nació con genitales masculinos.
La niña recibirá el DNI a las 14 en el piso 19 de la sede del Banco Provincia, en Capital Federal, de mano del jefe de Gabinete de Ministros bonaerense, Alberto Pérez. La semana pasada, cuando fue a sacarse la foto y firmó con el nombre que ella eligió, Lulú le pidió al funcionario si le podían dar un DNI con tapa violeta y brillitos. Gabriela se ríe cuando lo cuenta. Y espera con ansiedad y mucha emoción el momento de la entrega de la nueva documentación que reflejará la identidad autopercibida por su hija, de acuerdo con la Ley de Identidad de Género. Así, Lulú se convertirá en la persona trans más pequeña del mundo –según informó la CHA (ver aparte)– en obtener su nuevo DNI a través de un procedimiento administrativo, sin la intervención judicial.
El Registro Provincial había rechazado el trámite con el argumento de que Lulú era demasiado chica para dar su consentimiento. Pero cambió su postura al recibir días atrás un dictamen de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia, a favor del pedido de la pequeña. El organismo nacional advirtió que se estaban vulnerando sus derechos. “Siento emoción todo el tiempo, después de tanta lucha, después de un año y medio de estar pidiendo que se respeten los derechos de mi hija, que pueda tener un documento que diga que es quien ella decidió ser, es impactante, movilizante. Me lleva a cuando empezamos, a la primera vez que firmamos el formulario, cuando ella firmó por primera vez. Esperábamos que fuera un trámite más y no que se hiciera público”, dice Gabriela, en el living de su casa. Gabriela aceptó esta entrevista de Página/12 porque, quiere aclarar, fue el diario que se hizo eco del reclamo de su hija. Hoy dará una conferencia de prensa, pero después decidió guardar silencio y preservar a su familia del acoso mediático que tuvo en las últimas semanas, desde que trascendió la historia de la niña.
–¿Qué significa el DNI para Lulú?
–Queremos sacarle el DNI para ahorrarnos todas esas situaciones que teníamos cuando la llevábamos a la guardia. No me voy a cansar de repetirlo: voy con un DNI de un nene y hay una nena para ser atendida. La gente no entiende. Llevás la nena con el mentón abierto para coserla, con un broncoespasmo, con 39 grados de fiebre, con varicela y te dicen “Acá dice que hay un nene”. El DNI le da identidad, respeto. No vamos a pasar más una situación así. Ni escuchar comentarios como: “Pero parece una nena, ¿y tiene pene?”, o “¿Tiene los genitales atrofiados?”. No es un nene que quiere ser nena. Es una nena trans y tiene derechos, a estudiar, a practicar un deporte, a ir a un médico y que la atiendan como ella necesita. En todos lados piden el documento. La gente confunde identidad con orientación sexual. La tratan como homosexual.
–Se dijeron muchas cosas en los medios...
–Antes que nada quiero decir que no me senté en los medios para mostrar al mono del circo y para que se debatiera y los demás decidieran si la nena es nena o nene o si es una nena con pene. No. Agoté todas las instancias legales, todo lo que tenía que hacerse para que tuviera su DNI, para que su vida sea más fácil, para que no tengan que humillarla todo el tiempo. Es muy desgastador, no lo podés soportar. Hice el trámite el año pasado como dice la Ley de Identidad de Género que lo tiene que hacer una persona transexual menor de 14 años y llené el formulario. Pero a Lulú le negaron en aquel momento el DNI.
–Quizás lo que desorientó es la edad de Lulú...
–Pero todos los transexuales fueron chicos alguna vez. Si le preguntás a cualquier transexual, todo se resume y se vuelve a su primera infancia. Todos recuerdan lo que sentían cuando iban al jardín de infantes. Pero recibieron represión, castigo. Les dijeron “vos no sos, vos naciste con estos genitales entonces tenés que tener este género”. Pero los genitales no determinan la identidad de una persona.
–La diferencia con otras personas transexuales es que usted escuchó a su hija...
–Antes de escucharla la vi sufrir como no quiero volver a verla. Tenía un nene de dos años que tenía agujeros en la cabeza porque se le caía el pelo a mechones; no dormía, tenía pesadillas todo el tiempo, empezó a hacerse pis encima, no quería ir al baño, ni que la bañen, se hundía el pene hasta hacerlo desa-parecer, se presentaba delante de mí y me decía: “Así quiero, mamá”. Tenía terror de que se lastimara. Se daba la cabeza contra la pared.
A esa altura del recuerdo, a Gabriela se le llenan los ojos de lágrimas. “No es fácil”, dice, como disculpándose por la emoción. “Son situaciones muy difíciles –sigue contando–. No es que vino el nene y dijo ‘yo quiero ser nena’. Y yo le dije: ‘buenísimo, te pongo un vestido y salgamos a la calle y ya que está pedimos un documento’. Son cuatro años de lucha, dos años de no saber qué hacer. Primero consulté al pediatra y me dijo que necesitaba más presencia del padre, que era pasajero, que los chicos fantaseaban. Pero ella –dice Gabriela y hace una pausa para aclarar que no la puede nombrar en masculino aun cuando se refiere a Lulú cuando todavía era Manuel–, ella no me dice ‘quiero ser una nena’, me dice ‘yo soy una nena’, le explicaba al pediatra. Terminó en una psicóloga, la primera que consultamos, que aplicó un método correctivo: nos dijo que le teníamos que decir que era un nene y que cuando la viéramos con algo de nena, sacárselo. Yo no entendía por qué mi hijo decía que era una nena, por qué quería jugar con las muñecas, por qué no quería su cuerpo, por qué se mordía, se arañaba. Hubo mucho sufrimiento en esta familia. Esa psicóloga la terminó de destruir. Durante los seis meses que duró ese tratamiento o acompañamiento, la estábamos castigando, torturando, pensábamos que así se le iba a pasar. Tenía mi habitación cerrada con llave para que no me usara mi ropa. Finalmente la tuve que sacar de ese lugar y la llevé a otra psicóloga. Con cuatro años se plantó delante de mí y me dijo: ‘Yo no soy un nene, soy una nena y me llamo Lulú y si no me decís Lulú no te voy a contestar’. A esa altura llevábamos dos años de lucha: recorrimos psicólogos, neurólogos. Neurológicamente la nena estaba perfecta, no había motivos para tanta manifestación de disconformidad con todo, no lográbamos que encajara en nada. La nueva psicóloga me dijo que me hacía una derivación, que veía que tenía un conflicto con su género, pero que ella no era especialista. ¿A dónde voy? No sabía a quién consultar. Lo único que conocía por un documental era el caso de una nena transgénero de Estados Unidos. Yo no tengo computadora. Le pedí a mi hermana que buscara en Internet por favor un lugar adonde llevarla. Fue ahí que le mandó un mail a la licenciada Valeria Paván, de la Comunidad Homosexual Argentina, y ella contestó al día siguiente. A los dos días yo estaba sentada en su consultorio. Para todo el mundo que dice que yo necesito un psicólogo, le digo que hace cuatro años que estoy con acompañamiento psicológico y psiquiátrico. No porque yo tenga algún problema, sino porque necesito que me den herramientas y me digan cómo proceder.”
–Ya pasaron dos años desde que Lulú empezó el acompañamiento terapéutico con Paván. ¿Cómo está ella ahora?
–Al ser Lulú y al dejarla ser, duerme toda la noche, nunca más se le cayó el pelo, le creció hermoso, está feliz, contenta. Se acepta su cuerpo, que es lo que hace dos años estamos trabajando: que acepte que es una nena con genitales masculinos, que es una nena especial.
–¿Y cómo recibió la noticia de que pronto va a tener su nuevo DNI?
–Ese tema también generó muchos comentarios en los medios. Mucha gente dice cómo una niña de seis años tiene conciencia del DNI. Cómo no va a tener conciencia si sus preguntan eran: ¿por qué me dicen Manuel si yo soy Lulú? ¿Por qué el médico me dijo Manuel? ¿Por qué en la escuela me ponen en la fila de los varones? Y yo le respondía: sabes por qué... porque hay un documento que dice que porque vos naciste con un penecito sos un varón y tenés un nombre de varón. Le mostré mi DNI y le expliqué. Cuando salió la Ley de Identidad de Género, le dije que se quedara tranquila, que íbamos a hacer el trámite para que ese papel dijera que se llamaba Lulú y que nadie más la iba a tratar como varón. Ella sabe que teniendo ese DNI la van a tratar como una nena. Me dolió mucho escuchar ciertos comentarios en la televisión. Llegaron a decir que yo inducía a mi hija a ser nena. Yo invito a cualquier mamá que tiene un nene de 4, 5 o 6 años, a que le ponga un vestido, lo saque a la calle y le cambie el nombre, a ver cuánto tiempo ese nene tolera que cambien su identidad. Mi nena no sólo sale a la calle, va al jardín y pide que se la respete.
Gabriela le armó a su hija un álbum de fotos que refleja su transformación. Ver las fotos de Lulú cuando era Manuel, con su hermano mellizo, cuando tenía un año y cómo fue cambiando como una crisálida hasta convertirse en la niña que es hoy es muy conmovedor. El cabello cortito con hebillitas, más adelante dos colitas, las polleritas, las calzas. Lulú con un disfraz de princesa, en su clase de patín posando como cualquier niña de su edad.
–¿Qué la llevó a hacerle el álbum y regalárselo?
–Ella empezó a cambiar. Ella se transformó. Dejó de ser el nene que yo tenía y pasó a ser una nena. El cambio fue impactante para todos. Las fotos de nene eran las de un nenito triste, sus ojos eran tristes. Ella sabe de su pasado. No tiene por qué ocultarlo. Esta es su historia y así lo vive. Acá, en este álbum, está la transformación y ves la carita cómo le fue cambiando. Le fue creciendo su pelito. En lugar de disfrazarse con ropa mía o de cotillón, hoy tiene su propia ropa. Este es la lucha de ella. Acá está el deseo de Lulú, no el mío. Yo la acompañé. En este cambio, no está mi deseo de tener una parejita, como escuché que algunos decían en la televisión. Yo tuve dos hijos y estaba feliz. Lo único que hice fue escucharla. No recomiendo estar en este lugar, se sufre mucho. Ahora le están otorgando el derecho que ella tiene de existir legalmente.
–¿Cómo piensa la vida de Lulú hacia adelante?
–Sigue la lucha. Ella tiene que seguir queriendo su cuerpo, queriéndose. Hay que hacer mucho hincapié en su autoestima. No vamos a cambiar el mundo. Lo importante es hacerla fuerte a ella para que pueda resistir lo que el otro no comprende, porque la van a atacar por ser diferente.
La situación económica de Gabriela es muy endeble: es jefa de hogar. El papá de los chicos se separó de Gabriela y no le pasa cuota alimentaria. Ella está dedicada a llevar a sus hijos al acompañamiento terapéutico que necesitan y no puede buscar un trabajo que le demande muchas horas. Se gana la vida haciendo pizzas caseras y vendiéndolas en bicicleta por el barrio y apenas logra juntar unos 200 pesos por semana. Recibe alguna ayuda económica de gente amiga. Pero no le alcanza para mantener la casa, que tiene el techo sin terminar y se le llueve adentro.
–Al principio prefirió no dar la cara para preservar la identidad de Lulú. ¿Qué cambió ahora?
–Luchamos tanto... Yo le enseño a mi hija los mismos valores que mi mamá me enseñó a mí: la frente en alto, orgullosa de lo que sos y orgullosa yo, como mamá, de lo que ella es, y de la lucha que tuvimos que dar por Lulú, y por todas las Lulú que vendrán detrás.