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lunes, 4 de noviembre de 2013


Familias en transición de género

Padres de niños transexuales, en lugar de ignorar su identidad sexual como era habitual en el pasado, ayudan a sus hijos para que sea respetada


Los menores transexuales suelen sufrir rechazo en el colegio. / GARCÍA-SANTOS
Ángela recuerda con pesar aquellas navidades, una tras otra, en las que los Reyes Magos cumplían escrupulosamente con las peticiones de sus dos hermanos, pero desatendían las suyas. Ni el maletín de la señorita Pepis, ni la muñeca sin pelo, ni la de la melena rubia. Al lado de sus zapatos apareció un año una espada de romano; otro, un futbolín; otro, la equipación del Athletic de Bilbao. La hija de M. no ha cumplido cinco años, pero ya el pasado consiguió por primera vez que los Reyes no le dejaran coches y camiones como otras veces sino la muñeca, el carro y la cocina que había puesto en su carta. “Ahí ya le noté el cambio, estaba loca de alegría”, recuerda su madre, que en los meses previos había convencido a la familia para que no le regalaran “cosas típicas de niño”.
Entre las frustrantes navidades de Ángela y las felices de la hija de M. han pasado más de 35 años. Las dos nacieron con genitales masculinos, pero en circunstancias muy distintas. A Ángela le llovían los gritos cuando se ponía la ropa de su hermana y la hija de M. le da las gracias a sus padres cada vez que le compran un vestido o unas horquillas para el pelo. Ángela tuvo que vestir uniforme masculino hasta los 17 años y la hija de M. es una alumna más de su clase de tercero de Infantil en un colegio concertado religioso de un pueblo del cinturón metropolitano de Sevilla. Ángela se fue de casa con 19 años para poder vivir como una mujer y M. ha hablado con los profesores y los padres del colegio de su hija para pedirles que la llamaran por su nombre femenino, le dejaran vestir el uniforme de niña y utilizar el baño de las chicas.
La petición conjunta de una docena de padres y madres de Andalucíapara que los centros escolares respeten la identidad de género de sus hijos transexuales ha sacado a la luz la lucha que mantienen decenas de familias para que sus niños puedan vivir de acuerdo al sexo con el que se identifican. Un apoyo del que no disfrutan todos los menores que pasan todavía por esta situación y que no tuvo casi ninguno de los que hoy son transexuales adultos. “Ahora veo a los niños, cómo les ayudan sus padres, lo felices que son, y me da mucha envidia, pero también esperanza”, admite Marco Arias, de 34 años. “Nosotros hemos tenido que hacer casi todos la transición fuera de tiempo y fuera del entorno familiar”.

Una asociación estatal agrupa a 55 hogares con hijos transexuales
La “transición” es ese momento en el que los transexuales dejan atrás socialmente el papel masculino o femenino en el que se han visto obligados a vivir hasta entonces. Marco la hizo con 30 años, no solo por falta de apoyo familiar sino porque ni él mismo sabía que el rechazo que sentía hacia su cuerpo femenino y la conciencia clara de que era un hombre tenía un diagnóstico: transexualidad. “Es que yo no conocía qué era eso. Llevaba toda la vida sintiéndome un hombre, pero no sabía qué me pasaba”, dice.
Hasta 2009 la de Marco fue “una vida infeliz”. Se crió en un municipio de más de 40.000 habitantes de la provincia de Cádiz en el que las vecinas le decían a su madre que la niña le había salido “muy marimacho”. Iba a un colegio católico femenino y pasó por varios psicólogos, pero no porque la familia pensara que podía tener un problema de identidad de género sino porque sacaba malas notas y tenía un carácter “difícil”, un rasgo muy habitual en los menores transexuales antes de hacer la transición.
Hace cinco años conoció a varios transexuales en un viaje a Barcelona y, a partir de ahí, fue poniendo en orden su vida. Su familia se negó a ayudarle y contactó con la Asociación de Transexuales de Andalucía Silvia Rivera (Ata), donde encontró información, apoyo y referentes. “Fue mi nacimiento. Si no es por ellos no sé qué hubiera pasado”, admite.
En Ata coinciden hoy adultos con 30, 40 o 50 años que buscan el apoyo que no han encontrado en su familia y padres de niños que quieren ayudar a sus hijos transexuales pero no saben cómo hacerlo. “Yo he notado una gran apertura en la sociedad. Cada vez hay más información y también un amor y una defensa de la libertad y los derechos del hijo que antes no existían”, cuenta Mar Cambrollé, que en 2007 fundó la asociación andaluza con un grupo de mujeres transexuales.


Carolina, Yara y Marco viven ahora de acuerdo a su identidad sexual. / J. ROJAS
Ella, como muchas de sus compañeras, tuvo que irse de casa siendo adolescente. “En los años setenta estábamos condenadas a salir de casa, con lo que eso conlleva de desarraigo familiar, abandono de los estudios y que, en muchísimos casos, hubiera que recurrir a la prostitución para sobrevivir”, cuenta. Ata nació pensada para los transexuales adultos, pero poco a poco fueron aumentando los casos de familias que llamaban buscando ayuda tras peregrinar por psicólogos, pediatras y unidades de salud mental. La asociación andaluza acabó creando un área de familia y menores de la que, hace unos meses, surgió la Asociación Estatal de Familias de Menores Transexuales (Chrysallis), que hoy reúne a alrededor de 55 familias de toda España.
“El principal problema aquí es que no sabes por dónde empezar”, cuenta G., madre de un niño de nueve años nacido con genitales femeninos. Todavía se le entrecorta la voz cuando recuerda una conversación que mantuvo con su hijo cuando tenía siete años. “Mamá, yo no sé si tu y papá me vais a seguir queriendo, pero es que soy un niño, no una niña”, le confesó el pequeño. “Muy bien, yo ya lo sabía”, respondió G., que para entonces había asumido que el rechazo que sentía su niña hacia su cuerpo femenino no era un capricho pasajero. En la misma conversación, el niño le contó que se había enamorado de una niña llamada Rosario. “Me eché a llorar por lo fuerte y valiente que había sido”, recuerda G., que a partir de ese día se propuso acompañar a su hijo para intentar allanarle el camino.
No ha sido fácil. El pequeño, que vive en un municipio costero de Málaga, acaba de cambiar de colegio después de “un infierno” de dos años en su anterior centro, en el que tuvo que soportar “auténticas burradas”, lamenta la madre. “Los profesores se reían y el niño no tenía amigos. Yo me acercaba de vez en cuando a la hora del recreo y lo veía temblando, solo, sentado en un escalón”, recuerda G., que ha denunciado ante los tribunales el trato que recibió su hijo en aquel centro.
En el nuevo colegio el niño ha empezado una nueva vida en la que solo los profesores saben que es transexual. La orientadora le ha propuesto explicárselo a los demás niños, pero el pequeño prefiere esperar. “Lo ha pasado tan mal que aunque ahora es feliz no se siente seguro”, explica la madre. “Me dice que quiere contarlo, pero cuando todos le conozcan y le quieran tal como es”.

“Veo cómo ayudan los padres a los niños y me da envidia”, dice Marco
El miedo a la reacción de los compañeros del colegio es la razón fundamental que arguye el obispado de Málaga para negarse a respetar la identidad de género de una niña de seis años que estudia en un colegio concertado gestionado por una fundación diocesana. Pero los profesionales que trabajan con menores transexuales y las familias de los niños aseguran que los pequeños suelen ser los que aceptan la transición de una manera más natural. “Los niños tienen menos prejuicios que los adultos. Si se ríen casi siempre es porque lo ven en sus mayores. Hay casos de bullying transfóbico en los que, cuando escarbas, ves que es por información que escuchan de los adultos”, señala la psicóloga Maribel García, directora de Artea, un centro sevillano de psicología y sexología acostumbrado a tratar a menores transexuales y sus familias.
V. escuchó hace un año una conversación entre su hijo mayor, de 11 años, y un amigo al que no veía hace tiempo. “¿Pero tú no tenías dos hermanos?”, le preguntó el amigo al verle con un hermano y una hermana. “Sí, pero es que al final ella era una niña”, respondió el chico. “Ah, claro”, contestó el amigo. “Y siguieron con sus juegos”, recuerda V. Su hija, una niña transexual de nueve años, va a clase desde hace tres como una alumna más en un colegio público de un municipio del sur de Madrid. “Hablamos con el colegio y no ha habido problema. Problemas había antes, cuando la niña tenía que entrar al baño de los chicos y los compañeros le decían que qué hacía allí, que ella era una niña”, recuerda la madre.
Cuando se le pregunta a Carolina Ferrer, de 54 años, qué piensa al ver a estas familias desviviéndose hoy por sus hijos transexuales, responde con un lamento: “¡Cuánto me hubiera gustado estar en sus zapatos!”. Carolina tiene 54 años y hace solo dos que reunió fuerzas para decirle a su madre que es una mujer. A su padre no se lo ha dicho todavía. “No quiero decírselo. A lo mejor lo entiende, pero es mayor y me da miedo que no sea muy bueno para su salud”, asume. Carolina nació en Santiago de Compostela, aunque ha vivido entre Puerto Rico, de donde es natural su padre, y Sevilla, donde vive su madre.
“Yo sabía que era una mujer, pero lo ocultaba porque era consciente de los problemas que me iba a traer. No he sido muy feliz, siempre en una burbuja, aislada, sin amigos”, cuenta. De la capital andaluza se fue a principios de los ochenta para evitar hacer el servicio militar, pero volvió en 1999 dispuesta a vivir como mujer. Y, poco a poco, lo ha logrado. “Mi madre lo va aceptando. Era muy reticente, pero ya lo tiene asumido al 99%. Me llama ya por mi nombre”, dice con orgullo.

La siguiente batalla: los bloqueadores

La hija de V., nacida con genitales masculinos, vive desde hace tres años como una niña. Terminada la transición de género, lo que más preocupa a la familia es que pueda acceder a bloqueadores hormonales, un tratamiento que frena la pubertad y el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios, como la barba en los hombres o el crecimiento del pecho en las mujeres. De las nueve unidades de género que hay en España, solo las de Cataluña y Andalucía emplean los bloqueadores en casos excepcionales.
V. vive en Madrid, donde, por ahora, la sanidad pública no financia este tratamiento. “Para mí es muy importante que no se le ponga voz de chico ni le salga nuez. Sería un sufrimiento enorme”, explica su madre. Pero su situación no es facil. “Yo no me puedo permitir pagarlos por lo privado, así que me temo que nos tendremos que embarcar en otra lucha”, augura.
La administración de bloqueadores a los preadolescentes es una de las reivindicaciones que los transexuales quieren que se incluyan en las leyes autonómicas. “Estos tratamientos, que son reversibles, se ponen a niñas con pubertad precoz. Sin embargo, se niegan a los transexuales. Por eso denunciamos que existe una discriminación”, explica Mar Cambrollé, la presidenta de la Asociación de Transexuales de Andalucía. Miguel Ángel Cueto, secretario general de la Federación Española de Sociedades de Sexología, admite que existe “controversia” al respecto. “A mí me parece bien, pero hay aún un debate científico. Habría que analizar caso por caso”, apunta Cueto.
En esa delicada fase de limar asperezas con la familia sigue sumida Yara Goreira, de 27 años. Se fue de casa con 15 para poder vivir en femenino y a los 17 decidió dejar también atrás su país. “En Brasil no tenía referentes. Necesitaba libertad, realizarme lejos de la gente que me conocía”, cuenta. Hoy ha conseguido vivir como quería, pero le falta un paso que para los transexuales es fundamental: cambiar el nombre en el DNI o el pasaporte.
La Ley de Identidad de Género permite, desde 2007, a este colectivo cambiar el nombre y el sexo en el DNI sin necesidad de someterse a una operación genital y sin procedimiento judicial, pero los inmigrantes no nacionalizados tienen que hacerlo en su país. “En Brasil es muy difícil cambiarlo, como aquí hace años”, explica Yara, que reivindica que la futura ley de transexualidad andaluza contemple una tarjeta identificativa con un nombre acorde con la identidad de género mientras dura el proceso de cambio de la documentación oficial y al margen de su nacionalidad.
La ley de transexualidad del País Vasco, aprobada en 2012, regula la existencia de un documento similar. Junto con la de Navarra, en vigor desde 2009, son las únicas aprobadas hasta ahora en España. El PSOE de Madrid registró este año en la Asamblea un proyecto de ley, pero no se ha tramitado, y el Gobierno de coalición de PSOE e IU en Andalucía se comprometió a aprobar la suya en el primer periodo de la legislatura, pero tampoco lo ha hecho. El objetivo del colectivo transexual es que las futuras normas no se inspiren en la vasca y la navarra, que regulan sobre todo la atención sanitaria, sino en la argentina, aprobada en 2012, que se convirtió en la primera del mundo en no tratar la transexualidad como una patología.
Síntomas claros de una enfermedad es también lo que, según las familias, buscan muchos psicólogos cuando se enfrentan por primera vez a un niño transexual. Los menores obligados a vivir socialmente en un género con el que no se identifican suelen mostrarse apocados, tristes, rebeldes. “Mi hija rechazaba el colegio, no avanzaba, salió del segundo año sin saber ni una letra”, cuenta M. Su niña fue a clase como un niño los dos primeros cursos de infantil y en el centro informaron a los padres de que tenía “retraso madurativo”. Este curso, el colegio dio el visto bueno para que acudiera como una alumna y su madre aún no se cree el cambio: “Está feliz, va por la letra s y lo primero que nos dice por la mañana es que nos quiere”.

sábado, 12 de octubre de 2013


OCTUBRE 2013
SOCIEDAD › ENTREVISTA A LA MADRE DE LULU, LA NENA TRANS DE 6 AÑOS QUE HOY RECIBE SU NUEVO DNI

“La vi sufrir como no quiero volver a verla”

Por primera vez, Gabriela decide aparecer en una foto. Esta tarde, el gobierno provincial le dará a su hija el documento con el cambio de género. Aquí, la mujer cuenta su batalla y los padecimientos para lograr ese derecho. Y lo que significa el nuevo DNI para la niña.
 Por Mariana Carbajal
“Me dolió mucho escuchar ciertos comentarios en la televisión: llegaron a decir que yo inducía a mi hija a ser nena. Yo invito a cualquier mamá que tiene un nene de 4, 5 o 6 años, a que le ponga un vestido, lo saque a la calle y le cambie el nombre, a ver cuánto tiempo ese nene tolera que cambien su identidad. Mi nena no solo sale a la calle, va al jardín y pide que se la respete”, dice Gabriela Mansilla, la mamá de Lulú, la niña transgénero de 6 años, que hoy, en un hecho histórico, recibirá su nuevo DNI acorde con su identidad femenina, luego de que el Registro de las Personas de la provincia de Buenos Aires diera marcha atrás en su negativa a modificar los datos registrales de la pequeña de la partida de nacimiento. En una entrevista exclusiva de Página/12, Gabriela explicó la importancia del documento para su hija y respondió a quienes, desde algunos programas de radio y televisión, la cuestionaron por acompañar a Lulú en este camino. “Para todo el mundo que dice que yo necesito un psicólogo, le digo que hace cuatro años que estoy con acompañamiento psicológico y psiquiátrico. No porque yo tenga algún problema, sino porque necesito que me den herramientas y me digan cómo proceder”, frente a una niña como Lulú, que nació con genitales masculinos.
La niña recibirá el DNI a las 14 en el piso 19 de la sede del Banco Provincia, en Capital Federal, de mano del jefe de Gabinete de Ministros bonaerense, Alberto Pérez. La semana pasada, cuando fue a sacarse la foto y firmó con el nombre que ella eligió, Lulú le pidió al funcionario si le podían dar un DNI con tapa violeta y brillitos. Gabriela se ríe cuando lo cuenta. Y espera con ansiedad y mucha emoción el momento de la entrega de la nueva documentación que reflejará la identidad autopercibida por su hija, de acuerdo con la Ley de Identidad de Género. Así, Lulú se convertirá en la persona trans más pequeña del mundo –según informó la CHA (ver aparte)– en obtener su nuevo DNI a través de un procedimiento administrativo, sin la intervención judicial.
El Registro Provincial había rechazado el trámite con el argumento de que Lulú era demasiado chica para dar su consentimiento. Pero cambió su postura al recibir días atrás un dictamen de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia, a favor del pedido de la pequeña. El organismo nacional advirtió que se estaban vulnerando sus derechos. “Siento emoción todo el tiempo, después de tanta lucha, después de un año y medio de estar pidiendo que se respeten los derechos de mi hija, que pueda tener un documento que diga que es quien ella decidió ser, es impactante, movilizante. Me lleva a cuando empezamos, a la primera vez que firmamos el formulario, cuando ella firmó por primera vez. Esperábamos que fuera un trámite más y no que se hiciera público”, dice Gabriela, en el living de su casa. Gabriela aceptó esta entrevista de Página/12 porque, quiere aclarar, fue el diario que se hizo eco del reclamo de su hija. Hoy dará una conferencia de prensa, pero después decidió guardar silencio y preservar a su familia del acoso mediático que tuvo en las últimas semanas, desde que trascendió la historia de la niña.
–¿Qué significa el DNI para Lulú?
–Queremos sacarle el DNI para ahorrarnos todas esas situaciones que teníamos cuando la llevábamos a la guardia. No me voy a cansar de repetirlo: voy con un DNI de un nene y hay una nena para ser atendida. La gente no entiende. Llevás la nena con el mentón abierto para coserla, con un broncoespasmo, con 39 grados de fiebre, con varicela y te dicen “Acá dice que hay un nene”. El DNI le da identidad, respeto. No vamos a pasar más una situación así. Ni escuchar comentarios como: “Pero parece una nena, ¿y tiene pene?”, o “¿Tiene los genitales atrofiados?”. No es un nene que quiere ser nena. Es una nena trans y tiene derechos, a estudiar, a practicar un deporte, a ir a un médico y que la atiendan como ella necesita. En todos lados piden el documento. La gente confunde identidad con orientación sexual. La tratan como homosexual.
–Se dijeron muchas cosas en los medios...
–Antes que nada quiero decir que no me senté en los medios para mostrar al mono del circo y para que se debatiera y los demás decidieran si la nena es nena o nene o si es una nena con pene. No. Agoté todas las instancias legales, todo lo que tenía que hacerse para que tuviera su DNI, para que su vida sea más fácil, para que no tengan que humillarla todo el tiempo. Es muy desgastador, no lo podés soportar. Hice el trámite el año pasado como dice la Ley de Identidad de Género que lo tiene que hacer una persona transexual menor de 14 años y llené el formulario. Pero a Lulú le negaron en aquel momento el DNI.
–Quizás lo que desorientó es la edad de Lulú...
–Pero todos los transexuales fueron chicos alguna vez. Si le preguntás a cualquier transexual, todo se resume y se vuelve a su primera infancia. Todos recuerdan lo que sentían cuando iban al jardín de infantes. Pero recibieron represión, castigo. Les dijeron “vos no sos, vos naciste con estos genitales entonces tenés que tener este género”. Pero los genitales no determinan la identidad de una persona.
–La diferencia con otras personas transexuales es que usted escuchó a su hija...
–Antes de escucharla la vi sufrir como no quiero volver a verla. Tenía un nene de dos años que tenía agujeros en la cabeza porque se le caía el pelo a mechones; no dormía, tenía pesadillas todo el tiempo, empezó a hacerse pis encima, no quería ir al baño, ni que la bañen, se hundía el pene hasta hacerlo desa-parecer, se presentaba delante de mí y me decía: “Así quiero, mamá”. Tenía terror de que se lastimara. Se daba la cabeza contra la pared.
A esa altura del recuerdo, a Gabriela se le llenan los ojos de lágrimas. “No es fácil”, dice, como disculpándose por la emoción. “Son situaciones muy difíciles –sigue contando–. No es que vino el nene y dijo ‘yo quiero ser nena’. Y yo le dije: ‘buenísimo, te pongo un vestido y salgamos a la calle y ya que está pedimos un documento’. Son cuatro años de lucha, dos años de no saber qué hacer. Primero consulté al pediatra y me dijo que necesitaba más presencia del padre, que era pasajero, que los chicos fantaseaban. Pero ella –dice Gabriela y hace una pausa para aclarar que no la puede nombrar en masculino aun cuando se refiere a Lulú cuando todavía era Manuel–, ella no me dice ‘quiero ser una nena’, me dice ‘yo soy una nena’, le explicaba al pediatra. Terminó en una psicóloga, la primera que consultamos, que aplicó un método correctivo: nos dijo que le teníamos que decir que era un nene y que cuando la viéramos con algo de nena, sacárselo. Yo no entendía por qué mi hijo decía que era una nena, por qué quería jugar con las muñecas, por qué no quería su cuerpo, por qué se mordía, se arañaba. Hubo mucho sufrimiento en esta familia. Esa psicóloga la terminó de destruir. Durante los seis meses que duró ese tratamiento o acompañamiento, la estábamos castigando, torturando, pensábamos que así se le iba a pasar. Tenía mi habitación cerrada con llave para que no me usara mi ropa. Finalmente la tuve que sacar de ese lugar y la llevé a otra psicóloga. Con cuatro años se plantó delante de mí y me dijo: ‘Yo no soy un nene, soy una nena y me llamo Lulú y si no me decís Lulú no te voy a contestar’. A esa altura llevábamos dos años de lucha: recorrimos psicólogos, neurólogos. Neurológicamente la nena estaba perfecta, no había motivos para tanta manifestación de disconformidad con todo, no lográbamos que encajara en nada. La nueva psicóloga me dijo que me hacía una derivación, que veía que tenía un conflicto con su género, pero que ella no era especialista. ¿A dónde voy? No sabía a quién consultar. Lo único que conocía por un documental era el caso de una nena transgénero de Estados Unidos. Yo no tengo computadora. Le pedí a mi hermana que buscara en Internet por favor un lugar adonde llevarla. Fue ahí que le mandó un mail a la licenciada Valeria Paván, de la Comunidad Homosexual Argentina, y ella contestó al día siguiente. A los dos días yo estaba sentada en su consultorio. Para todo el mundo que dice que yo necesito un psicólogo, le digo que hace cuatro años que estoy con acompañamiento psicológico y psiquiátrico. No porque yo tenga algún problema, sino porque necesito que me den herramientas y me digan cómo proceder.”
–Ya pasaron dos años desde que Lulú empezó el acompañamiento terapéutico con Paván. ¿Cómo está ella ahora?
–Al ser Lulú y al dejarla ser, duerme toda la noche, nunca más se le cayó el pelo, le creció hermoso, está feliz, contenta. Se acepta su cuerpo, que es lo que hace dos años estamos trabajando: que acepte que es una nena con genitales masculinos, que es una nena especial.
–¿Y cómo recibió la noticia de que pronto va a tener su nuevo DNI?
–Ese tema también generó muchos comentarios en los medios. Mucha gente dice cómo una niña de seis años tiene conciencia del DNI. Cómo no va a tener conciencia si sus preguntan eran: ¿por qué me dicen Manuel si yo soy Lulú? ¿Por qué el médico me dijo Manuel? ¿Por qué en la escuela me ponen en la fila de los varones? Y yo le respondía: sabes por qué... porque hay un documento que dice que porque vos naciste con un penecito sos un varón y tenés un nombre de varón. Le mostré mi DNI y le expliqué. Cuando salió la Ley de Identidad de Género, le dije que se quedara tranquila, que íbamos a hacer el trámite para que ese papel dijera que se llamaba Lulú y que nadie más la iba a tratar como varón. Ella sabe que teniendo ese DNI la van a tratar como una nena. Me dolió mucho escuchar ciertos comentarios en la televisión. Llegaron a decir que yo inducía a mi hija a ser nena. Yo invito a cualquier mamá que tiene un nene de 4, 5 o 6 años, a que le ponga un vestido, lo saque a la calle y le cambie el nombre, a ver cuánto tiempo ese nene tolera que cambien su identidad. Mi nena no sólo sale a la calle, va al jardín y pide que se la respete.
Gabriela le armó a su hija un álbum de fotos que refleja su transformación. Ver las fotos de Lulú cuando era Manuel, con su hermano mellizo, cuando tenía un año y cómo fue cambiando como una crisálida hasta convertirse en la niña que es hoy es muy conmovedor. El cabello cortito con hebillitas, más adelante dos colitas, las polleritas, las calzas. Lulú con un disfraz de princesa, en su clase de patín posando como cualquier niña de su edad.
–¿Qué la llevó a hacerle el álbum y regalárselo?
–Ella empezó a cambiar. Ella se transformó. Dejó de ser el nene que yo tenía y pasó a ser una nena. El cambio fue impactante para todos. Las fotos de nene eran las de un nenito triste, sus ojos eran tristes. Ella sabe de su pasado. No tiene por qué ocultarlo. Esta es su historia y así lo vive. Acá, en este álbum, está la transformación y ves la carita cómo le fue cambiando. Le fue creciendo su pelito. En lugar de disfrazarse con ropa mía o de cotillón, hoy tiene su propia ropa. Este es la lucha de ella. Acá está el deseo de Lulú, no el mío. Yo la acompañé. En este cambio, no está mi deseo de tener una parejita, como escuché que algunos decían en la televisión. Yo tuve dos hijos y estaba feliz. Lo único que hice fue escucharla. No recomiendo estar en este lugar, se sufre mucho. Ahora le están otorgando el derecho que ella tiene de existir legalmente.
–¿Cómo piensa la vida de Lulú hacia adelante?
–Sigue la lucha. Ella tiene que seguir queriendo su cuerpo, queriéndose. Hay que hacer mucho hincapié en su autoestima. No vamos a cambiar el mundo. Lo importante es hacerla fuerte a ella para que pueda resistir lo que el otro no comprende, porque la van a atacar por ser diferente.
La situación económica de Gabriela es muy endeble: es jefa de hogar. El papá de los chicos se separó de Gabriela y no le pasa cuota alimentaria. Ella está dedicada a llevar a sus hijos al acompañamiento terapéutico que necesitan y no puede buscar un trabajo que le demande muchas horas. Se gana la vida haciendo pizzas caseras y vendiéndolas en bicicleta por el barrio y apenas logra juntar unos 200 pesos por semana. Recibe alguna ayuda económica de gente amiga. Pero no le alcanza para mantener la casa, que tiene el techo sin terminar y se le llueve adentro.
–Al principio prefirió no dar la cara para preservar la identidad de Lulú. ¿Qué cambió ahora?
–Luchamos tanto... Yo le enseño a mi hija los mismos valores que mi mamá me enseñó a mí: la frente en alto, orgullosa de lo que sos y orgullosa yo, como mamá, de lo que ella es, y de la lucha que tuvimos que dar por Lulú, y por todas las Lulú que vendrán detrás.

miércoles, 4 de septiembre de 2013


transexualidad

SOCIEDAD

Transexual a los once años

Día 04/09/2013 - 11.23h

Un joven canadiense asegura sentirse «atrapado en el cuerpo de otra persona». Con tan solo tres años se preguntaba cuándo sería un chico

Cuando Wren Kauffman, canadiense de once años, vuelva esta semana a la escuela será la primera vez que muchos de sus compañeros de clase lo vean como un niño. Él nació niña, pero gracias al apoyo de su familia está preparado para empezar una nueva vida con el género que cree que debería haber nacido, según recoge «Daily Mail».
Aunque Wren supo desde muy joven que era diferente, a sus padres les llevó algo más de tiempo darse cuenta de que su hija quería ser un niño. «Es como estar atrapado en el cuerpo de otra persona en el que no quieres estar», declaraba el joven a CTV News. Ya desde pequeño disfrutaba disfrazándose como sus héros de cómic y llevaba el pelo corto. Con tan solo 3 años preguntó a sus padres cuándo sería un niño. Fue su hermana pequeña la que lo apoyó con ellos.
«Ella me dijo: "¿Sabes mamá?, Wren es un chico y me ha dicho que te lo diga"», declaró Wendy Kauffman a «680 News». La pequeña solo tenía seis años cuando se lo contó. Se había dado cuenta mucho antes de que sus padres lo hicieran.
El chico, con tan solo nueve años les dijo a sus progenitores: «Yo sé que soy diferente, me siento diferente cada día. No puedo ser una chica y ser feliz». Ahora su madre se lamenta: «Cuando pienso en ello, me da pena no haberlo escuchado antes». En cuanto lo comprendieron no dudaron en darle todo su apoyo e investigar cómo podrían ayudarle. De momento y hasta los 16 años retrasarán la pubertad mediante medicamentos. Entonces podrá decidir si recibir las hormonas masculinas, pero no podrán operarle hasta que cumpla los 18 años.

domingo, 1 de septiembre de 2013


TRANSEXUALIDAD

Yo lloré viendo la película de Tomboy

31 de agosto de 2013 a la(s) 18:13
Y también me equivoqué con mi hijo al principio (como en la película). Él me decía que le tratara como niño y yo le decía que si no tenía pene es porque no era un niño. Llegué incluso a enfadarme alguna vez con él porque se ponía muy pesado e insistía mucho. Mi hijo nunca fue un niño desgraciado. Con él nunca he tenido los problemas que sí he tenido con mi hijo mayor. Sin embargo la profesora de infantil ya me decía que tendía a despistarse muchísimo, que a veces parecía desconcertado cuando le preguntabas, como si acabara de despertar. Con el tiempo estos episodios fueron aumentando hasta el punto de que no era capaz de concentrarse en nada: trastorno por déficit de atención llegaron a diagnosticarle, porque sí, le llevé primero al psicólogo y luego al psiquiatra. Pero él seguía cantando, jugando y riendo como cualquier niño. Tal vez le costaba cada vez más jugar con otros niños, pero porque se negaba a jugar con las niñas que se acercaban a él y los niños le iban rechazando conforme mayores se hacían (con la edad los prejuicios sexistas van calando más hondo). Empezó a ponerse agresivo. Si no le admitían en sus juegos él pretendía imponerse. Ese aislamiento que se iba produciendo poco a poco empezó a afectarle. Mi hijo tiende a no exteriorizar su angustia, con lo que empezó a tartamudear, a tener infinidad de tics (que iban cambiando: con las manos, con los ojos, con la boca, haciendo ruiditos, con el cuello, cualquier músculo era bueno para tener un tic), a tener pesadillas y a orinarse de nuevo por la noche (no todas las noches, pero sí una o tal vez dos en semana). Por supuesto que todo eso se lo explicábamos a la psiquiatra, cómo iba empeorando y no sabíamos qué pasaba. Todo lo achacábamos a falta de autoestima y al déficit de atención. Que fuera muy "masculina" no fue nunca relevante en esas charlas, nunca se le prestó atención aunque lo referí. Como también le conté que lo coloreaba todo en negro o en un tono oscuro: marino, marrón... Que se vestía de niño, que rechazaba absolutamente vestirse de niña, que cuando se duchaba no quería que le lavásemos ni le tocásemos los genitales de ninguna manera (llegó a ponerse tan pesado con esto que llegué a pensar que podía haber sufrido abusos, así que le miré más de una vez por si lo tenía irritado y le prohibí ir con su hermano mayor y sus amigos), que cuando jugaba adoptaba el rol de chico, que se dibujaba como un chico, en fin, todo. Nadie me dijo que todos los "síntomas" podían estar relacionados. Y lo más gracioso es que me decían que no entendían por qué llevaba a "la niña" al psiquiatra, porque se le veía bien, feliz, alegre, "extrovertida"...

Cuando admitimos que tal vez fuera un niño transexual y le dije que yo le querría igual si era un niño y que le trataríamos como él prefiriera, buah, fue increíble. Cada día era el mejor día de su vida: porque había entrado al baño de los chicos en el supermercado, porque le había comprado unos bóxers, porque le había cortado el pelo, porque la abuela le había llamado David, porque... por todo! Quisimos ir despacio, tratarlo como chico sólo en casa y con la familia para ver cómo se iba desenvolviendo y si se le "pasaba". Pero él pedía más, y yo le veía tan eufórico que... ¿Por qué iba a decirle que no? ¿Para que la sociedad no le dañara? ¿Para que no le trataran mal? ¿Para que no le señalaran con el dedo? Pero, siendo sincera conmigo misma, ¿de verdad mi hijo era tan feliz como yo creía? Entonces, ¿por qué estaba tan eufórico ahora que le tratábamos como un niño si antes de todos modos ya vestía como niño y jugaba solo a juegos de niño? ¿Por qué esa diferencia si ya lo tenía todo salvo ese tonto detalle de tratarle en masculino? Siendo sincera conmigo misma, ¿no le estaban señalando con el dedo ya por ser tan "machorra"?, ¿cuánto me contaba de lo que le hacían y decían en el colegio?, ¿de verdad iba a ser mejor para él seguir como niña machorra que como niño transexual?, ¿para él o para la sociedad?, ¿le tratarían mejor o peor?. Y pensé: "Tal vez le traten igual de mal pero al menos tendrá ese punto de felicidad que le está dando ser tratado como niño; si no le permito vivir como niño lo pasará igual de bien o de mal en sociedad pero le estaré privando de ese *extra* de felicidad".

Pero dudaba, oh madre mía si dudaba, y no sabía a quién preguntar para asegurarme de si lo estaba haciendo bien o mal. ¿Y si esto es pasajero y "deja de jugar" y me dice que en realidad es una niña? Pero entre mi marido y yo nos dimos la respuesta: "Si al final es una niña pues mejor para "ella", no tendrá que hormonarse para el resto de su vida y tendrá más facilidades y menos obstáculos". Porque realmente eso lo "peor" que podría pasar, que con el tiempo dijera que no, que es una niña. O sea, que lo peor sería lo mejor. Y mientras tanto, mientras dice que es una niña o no, es feliz. Su felicidad es la que nos da la medida de si lo estamos haciendo mal o bien. Pero, ¿y la sociedad?, ¿qué dirían los demás? Los demás ya van a hablar antes, durante y después. Si son comprensivos se les explica y lo entenderán, si no, lo hagas como lo hagas lo censurarán.

En el fondo se trata de que nos quede claro que nada de lo que hagamos (se lo permitamos o se lo neguemos) va a variar el que nuestros hijos sean o no transexuales. Si lo son, lo serán siempre. Si no les hemos dejado vivir antes como lo que son, lo sufrirán más (no queramos cerrar los ojos a esto porque lo sufrirán más, sólo hay que entrar en grupos de personas transexuales y leerles para ver cuánto han sufrido viviendo escondidos, negándose, hasta el punto de no saber ni qué son). Así que el consejo que yo siempre doy a las familias es que se les digan a sus hijos que se les querrá sean lo que sean, niños o niñas, y que se les tratará como ellos quieran y al ritmo que ellos quieran. Si son transexuales saldrán ellos solitos a la luz una vez que se les deja esa puerta abierta. Si no lo son, pues no lo son y ya está. Y los padres debemos estar ahí para acompañarles, para que se sientan protegidos, para enfrentarnos por ellos, para defenderlos, para enseñar a la sociedad que no se puede tratar mal a nadie por ser diferente (aunque esa diferencia sea tener una identidad de género distinta o una expresión de género distinta), a dejar claro a todo el mundo que la víctima NUNCA es la culpable, que a un niño que es acosado no se le puede echar la culpa por no ser como los demás. Para eso estamos.

lunes, 26 de agosto de 2013


Un niño grande

A los catorce años, Skylar, en el momento del nacimiento se le asigno que era una niña, a los dieciséis años, adoptó el nombre de un niño, comenzó a tomar testosterona y se hizo una mastectomía. No trate de ser el "hermano macho", dice ahora a los niños. Fotografía de Dukovic Pari.

Para las personas mayores de la escuela secundaria como Skylar-que viven en los suburbios prósperos tienen cariñosos padres, asistir a buenas escuelas, y obtener excelentes calificaciones, mientras estudia sus transcripciones con las actividades extracurriculares-la parte más difícil de la solicitud de la universidad es a menudo el ensayo personal. Se les pide normalmente para escribir sobre una experiencia que cambia la vida, y, si su infancia ha sido felizmente libre de drama, que se encuentren mirando a una pantalla en blanco durante mucho tiempo. Esto no fue un problema para Skylar.

Skylar es un niño, pero a él se le asignó el género de una niña, y vivió como tal hasta la edad de catorce años. Skylar podría decirlo de otra manera: él cree que, a pesar de sus carácteres biológicos, que el se sentía  un niño todo el tiempo. Él acababa de cargar con un cuerpo que requiere ajustes médicos y quirúrgicos para que pudiera reflejar el género se autopercibía de sí mismo. A los dieciséis años, comenzó a recibir las inyecciones de testosterona cada dos semanas, justo antes de cumplir los diecisiete años, tuvo una doble mastectomía. La pregunta de ensayo para la Universidad de Chicago, donde Skylar presentó una solicitud a principios de acción, invitó a los estudiantes a describir su "archienemigo (ya sea real o imaginaria)." La respuesta de Skylar: "las ideas pre-formadas de lo que significaba tener dos cromosomas X . "No importa lo que la gente pensaba que veían cuando miraban fijamente, Skylar escribió, él sabía que "que no era una chica ".

Skylar es un FTM, " persona transgénero, una categoría que ha ido creciendo en visibilidad en los últimos años. En el pasado, los hombres trans que deseaban vivir de acuerdo a su identidad, rara vez buscaban la cirugía, en parte porque podrían "pasar" con bastante facilidad en público, hoy en día, hay un deseo de transformación más profunda. Skylar tomó hormonas y fue sometido a "cirugía de la parte superior" a una edad mucho más joven de lo que hubiera sido posible hace una década. Sin embargo, en su nueva forma, no hace el trabajo de venir a través como convencionalmente masculina. Al igual que muchas personas "trans" de su generación, que se siente cómodo con cierta ambigüedad de género, y no se siente la necesidad de ser, como él dice, un "hermano macho." Aún no está seguro si va a hacer la reconstrucción genital cuando sea mayor.

Skylar vive en un afluente, ciudad boscosa cerca de New Haven, un enclave liberal que nadie desafió seriamente su decisión de cambiar de género. Algunos de sus compañeros incluso expresaron una cierta envidia. Como explicó en su ensayo de solicitud, los compañeros le decían: "Esta es la esencia fundamental de lo que eres, Skylar. Usted no puede conseguir posiblemente a través de una aplicación completa universidad sin sacar el tema. (Irónicamente, yo no tengo.) Esta será su boleto en la escuela de sus sueños. "Fue una actitud que irrita Skylar, porque, escribió," por fin he llegado a un punto en mi vida donde mi transición no está consumiendo mi vida ".

Muchos chicos trans tienen un tiempo muy difícil. Ellos son intimidados en la escuela, rechazados por sus familias y enviados a la marginal-incluso desesperadas vidas. Los adolescentes que se identifican como transgénero parecen estar en mayor riesgo de depresión y suicidio. Sin embargo, la historia más fluida de Skylar es cada vez más común. Los padres de clase media de hoy tienden a ayudar activamente a sus hijos a instalarse en un camino en la vida, y con frecuencia se suscriben a la idea de que la "intervención temprana" es la mejor para todo tipo de condiciones. Muchos terapeutas han comenzado a hablar de incluso los más pequeños como transgénero (una categoría que algunos médicos de las generaciones pasadas se han aplicado a ellos). Y la cirugía plástica, los tatuajes y piercings han hecho que la gente más a gusto con la modificación del cuerpo. En este contexto, la cirugía de género en la infancia tardía puede no parecer extremo. Debido a que este cambio está ocurriendo tan rápido, y en medio de una oleada de atención de los medios en su mayoría positivas, puede ser difícil de reconocer lo que es un experimento social radical que es.

Transgénero ha sustituido a la confusión entre la orientación homosexualidad como la nueva frontera de los derechos civiles y activistas trans se han convertido en vocal y organizada. Alice Dreger, bioético e historiador de la ciencia en la Universidad de Northwestern, dice: "El recurso a la intervención y la franqueza de la comunidad transgénero están causando mucha más gente a verse a sí mismos como transgénero, y en edades más jóvenes." Una encuesta reciente de treinta quinientos transexuales estadounidenses descubrieron que, cuanto más joven de los encuestados, más probable era que se tenía "el acceso a las personas transgénero y recursos a una edad temprana", y que se han identificado como trans a una edad temprana. En una encuesta de seguimiento, más de dos tercios de los encuestados de entre dieciocho y veintidós años dijeron que habían conocido otras personas transexuales antes de adoptar la identidad de sí mismos, en comparación con una cuarta parte de los cincuenta y tres años de edad.

Un niño de hoy en día que no ha cumplido con otros jóvenes transgénero pueden fácilmente encontrar en la cultura popular y los medios sociales. Estos personajes aparecen en "Glee" (por supuesto) y en "Degrassi." En Internet, Tumblrs y Listservs y miles de videos de YouTube crónica de las transiciones de género de los adolescentes. Tiro a Webcams borrosas en el sótano de la familia o en desordenadas y dormitorios poster cubiertas, que se asemejan a diversas diarios, manuales, videos musicales, y manifiestos. La primavera pasada, Warren Beatty y Annette Bening hijo de Stephen, nacido Kathlyn-atrajeron la atención después de hacer un vídeo de sí mismo para el sitio Somos felices Trans. Stephen, entonces veinte años y estudiante de segundo año en el Sarah Lawrence College, explicó que, a los catorce años, había "transición social", la adopción de su nuevo nombre y asistir a la escuela cuando era niño. Su monólogo era elegante, caprichoso y cargado de jerga. "Me identifico como un transexual, un escritor, un artista, y un tipo que necesita un corte de pelo", dijo. Reveló que él estaba tomando testosterona, mientras que "la presentación de una manera fatal", agregando, "Es bueno para que finalmente sea capaz de tener mi identidad visible para las personas."

domingo, 4 de agosto de 2013


Una madre pide que le hagan un nuevo DNI a su hija trans de seis años

Nació con genitalidad masculina, pero enseguida se identificó como nena y pidió que la llamen con un nombre femenino. En el jardín aceptan su condición, pero en su documento sigue siendo un chico. La mamá le envió una carta a la presidente Cristina Kirchner 
 
"A los 18 meses, cuando empezó a hablar, me decía: 'Yo nena, yo princesa'. Quería tener el cabello largo y para simular se ponía trapos en la cabeza. pedía que le compraran muñecas. Me pedía mis polleras, mi ropa, y se las quería poner", recuerda la mamá de Lulú, una nena transexual de seis años que nació con genitalidad masculina, pero que nunca se reconoció como tal. 
A los cuatro años eligió un nombre femenino y pidió que la llamaran así. De lo contrario, avisó, no pensaba contestar. 
Lulú -nombre ficticio para salvaguardar la identidad de la nena- vive en un hogar humilde del conurbano bonaerense, junto a su madre y su hermano mellizo. Hace un tiempo su padre los abandonó. Al darse cuenta que las actitudes de su hija no eran juego, buscaron asistencia de todo tipo. Pediátras, neurólogos, psicólogos seguramente encontrarían la respuesta. La solución al "problema". 
Uno de esto últimos, les dijo que a la nena le faltaba presencia paterna. Que le sacaran la ropa de mujer y le explicaran que era un varón. "Fue un desastre -cuenta la mamá-. Mi hija vivía destrozada."
Ante la situación, la nena se atormentaba. Le sacaban la ropa de mujer y se ponía un cesto con puntillas. Se metía debajo de la cama, lloraba y lloraba durante horas. 
El papá no lo podía tolerar: "Yo no voy a tener un hijo puto", decía. Y cada vez que sus amigos visitaban la casa escondía a su propio hija. 
La desesperación de la madre dió un vuelco el día que vió un documental de la National Geographic sobre una nena transgénero de los Estados Unidos. 
"Fue como si me pasara una topadora por encima. Era la historia de mi hija. Ahí entendí que era una nena trans. Que su identidad era la de una nena. Lloré veinte días. Y reaccioné: Si quiere ser princesa, yo la voy a ayudar", explica para Página/12.
Pero había que sortear un gran número de dificultades. En el jardín de infantes, por ejemplo, donde Lulú se agrupaba junto a las nenas. Les acariciaba el pelo, quería tenerlo largo, como ellas. Tampoco quería ir al baño y hasta se hacía pis encima, porque no quería que le vieran el pito.
Finalmente, la familia encontró ayuda  a través del Programa de Atención Integral para Personas Trans del Hospital Durand, donde fue asistida por la psicóloga Valeria Pavany un equipo terapéutico. 
Allí les explicaron que Lulú no tenía una "formación delirante" ni una "personalidad psicótica". Recibieron la confirmación de que tenían una hija trans. Y les encomendaron"dejarla ser".
Ahora lograron anotar a la nena en un jardín de infantes que la acepta, fue inscripta con su nombre de varón por cuestiones legales, pero en las planillas figura son el nombre que eligió. 
Ahora la madre inició el trámite para un nuevo DNI que contemple la condición de mujer de Lulú, tal como establece la Ley de Identidad de Género. Para el caso de los menores de 18 años, la solicitud del trámite deberá ser efectuada a través de sus representantes legales y con expresa conformidad del menor, algo que no será difícil conseguir. 
Sin embargo, ella y el representante legal de la nena fueron citados por un asesor de incapaces que les denegó el pedido, aduciendo que la niña es muy pequeña. Ahora deberán iniciar una demanda judicial para que un juez decida. Mientras tanto, ella le excribió una carta a la presidente Cristina Kirchner para que la ayude con el trámite.
"Es muy duro llevarla a una guardia porque tiene 39 grados de fiebre y que la vean con dos colitas y pollera, y en lugar de fijarse qué le pasa, la miren raro porque en el documento tiene nombre de varón", lamentó la mamá.
 
NOTA: Se han modificado terminologías que en la nota original no respetan la identidad sexual de la nena que siempre fue de niña.

El militar que se transformó en mujer tras 20 años de servicio

 Viernes, 2 de agosto de
 
Beck decidió revelar que era transexual al retirarse de las fuerzas armadas de EE.UU.

Chris Beck pasó 20 años trabajando de forma encubierta en líneas enemigas como miembro de los Navy Seal, la unidad de élite de la marina de Estados Unidos que realiza operaciones especiales o comando.
Pero el oficial condecorado siempre ocultó un secreto mucho más personal; desde su niñez, sintió que era una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre.

Como integrante de los Navy Seal, el mundo de Chris era rudo, machista y algunas veces violento. Participó en misiones encubiertas en el Océano Pacífico y en Medio Oriente y luchó junto a miembros del SAS (Special Air Service) de Reino Unido, que forma parte de las fuerzas especiales británicas. Esto último ocurrió en el río Shatt al-Arab -que desemboca en el Golfo Pérsico- durante la invasión a Irak en 2003.
Pero en febrero de este año, cuando había transcurrido más de un año desde su retiro de las fuezas armadas, cambió la foto que tenía en su perfil de LinkedIn y la reemplazó por la de una mujer sonriente, alta y de cabello oscuro, con la bandera de EE.UU. como fondo.
"Me estoy quitando todos mis disfraces y anunciándole al mundo mi verdadera identidad como mujer", escribió. Chris se había convertido en Kristin.
Mientras esperaba para saber cual sería la reacción de sus colegas ante la noticia, Kristin sabía que no había manera de retractarse de su decisión de hacer pública su historia personal.

Integridad, lealtad y confianza

El exoficial pasó 20 años trabajando de forma encubierta en líneas enemigas.
Los Navy Seal son enviados a las misiones militares más peligrosas y difíciles del mundo. Una de las unidades a las que perteneció Beck, el Grupo Especial de Desarrollo de Guerra Naval -también conocido como Equipo Seal 6- estuvo a cargo de la operación que dio muerte a Osama Bin Laden en Pakistán, en mayo de 2011.
Según las reglas de los Navy Seal, sus integrantes tienen que ceñirse a valores inquebrantables como integridad, lealtad y confianza. Por eso, Kristin temía que sus compañeros la acusaran de deshonrar sus principios al revelar públicamente que era transexual.
Aunque para algunos fue difícil aceptar su decisión, la respuesta que recibió fue abrumadoramente positiva.
"Muchos me dijeron: 'Kris, no entiendo la situación que estás atravesando, pero sé lo que has pasado. Estuviste en el terreno por 20 años e hiciste un trabajo excelente. Te apoyo 100%, espero saber más de ti y verte en nuestro próximo encuentro'", le contó el exmilitar a la BBC.
Consciente de que la noticia se propagaría, Kristin decidió contar su historia antes de que alguien más lo hiciera.
Así fue como decidió escribir el libro "Princesa guerrera: el camino de un Navy Seal para reconocer su transexualidad" junto con Anne Speckhard, profesora de psiquiatría de la Universidad de Georgetown, en Washington. Allí habla de su niñez en un hogar conservador y religioso, de sus intentos para suprimir su verdadera identidad –al comprar a escondidas ropa de mujer y luego botarla- y de sus dos matrimonios fallidos.
"Estaba tratando de vivir tres vidas", dice Kristin. "Tenía una vida secreta con mi identidad femenina, otra con el equipo de los Navy Seal y una más en mi hogar, con mi esposa, hijos, padres y amigos".
"La gente veía fragmentos de mi verdadera personalidad, pero la mayoría no me conocía realmente".

Dolor, cerveza y motos

Integridad, lealtad y confianza son considerados valores fundamentales para las tropas de élite.

La rapidez y agresividad con la que empezaron a actuar las fuerzas especiales de EE.UU. después de los ataques del 11 de septiembre de 2001, unido a una gran intensidad emocional en lo personal -un aspecto de su vida que, según ella, estaba anulado- le pasó factura en el plano mental. Kristin desarrolló estrés postraumático.
Cuenta que durante muchos años trató de enfrentar el impacto psicológico que tenían tantas muertes y tanto dolor con cerveza, motos y más cerveza.
Sin embargo, reconocer su transexualidad ha tenido un gran efecto en los síntomas que experimentaba debido al estrés postraumático. "Ahora duermo mejor y ya no estoy tan molesta, y eso es sencillamente porque me siento más feliz".
"Muchas personas me han dicho: 'Kris, es la primera vez que te veo sonreír'", comenta la exintegrante de los Navy Seal.
La derogación de la política de las fuerzas armadas estadounidenses conocida como "no preguntes, no cuentes" (Don't ask, don't tell) en 2011 puso punto final a la prohibición de que personas abiertamente homosexuales y lesbianas formen parte de las fuerzas armadas. Sin embargo, esto no se aplicó a transexuales, a quienes se les podría dar de baja si son descubiertos.
Kristin cree que esta política puede -y debería- cambiar. Propone que el personal que siente que pertenece a otro sexo sea designado en función del género dentro de las fuerzas armadas a cambio de cumplir su tiempo de servicio una vez que el proceso de transición haya terminado.
"Es una condición humana. Los militares necesitan dejar de lado el tema del género y mirar a sus integrantes como personas, no como hombres o mujeres, y entender que ese individuo puede hacer un gran trabajo. Puede que yo no sea capaz de participar en misiones como en las que estuve anteriormente, pero puedo hacer otro tipo de trabajos. Podría ser analista de inteligencia o encargarme de la seguridad en un puesto de control".

Ni Conan ni una Barbie


Los Navy Seal son enviados a las misiones militares más peligrosas.

La exmilitar afirma que nadie es perfecto. "No soy Conan el Bárbaro y tampoco soy una Barbie. Todos somos distintos".
Kristin dice que habría preferido que su proceso de transición sexual transcurriera en privado y no en público, pero esto último fue inevitable después de la publicación de su libro.
Añade, sin embargo, que está cumpliendo con su nueva función como portavoz no oficial de la comunidad transexual con el mismo espíritu guerrero que la caracterizó durante su carrera militar, con liderazgo y compromiso absoluto.
"Creo que he salvado varias vidas. He recibido correos electrónicos desgarradores de gente que vive con dolor en medio del prejuicio, y eso hace que lo que estoy haciendo valga la pena".
"También he recibido mensajes de hombres heterosexuales que me agradecen por el servicio que le he prestado a nuestro país. Me dicen que no entendían de qué se trataba la transexualidad, pero que ahora sí", dice Kristin.
"El miedo a lo desconocido es el principal problema, y creo que leer mi libro ha ayudado a desterrar ese miedo. No voy a hacerle daño a nadie, no es contagioso. Sencillamente, soy yo".